Es el último curandero baka que queda en los asentamientos a lo largo de la carretera que va del sureste de Camerún al Congo, por donde solo circulan los enormes camiones que se llevan los árboles de la selva ecuatorial donde hace solo algunas décadas vivían los baka. En la noche se escucha el silbo de los árboles al caer y la selva tiembla su impotencia. Es entonces cuando se escucha la voz de los baka cantando sus licanós. Poko Daniel nos contó un licanó sobre el poder del simbó, una liana que se trenza con las fibras de un árbol rojo como la sangre y que solo ellos conocen. Este simbó hace que los baka sean invisibles y por ello pasen desapercibidos a los animales que viven en la selva y puedan cazarlos. Esta invisibilidad, a la que su corta estatura contribuye, y su habilidad para recorrer la selva sin hacer ruido, escuchando el movimiento de los animales, hace de ellos grandes cazadores. Pero los baka solo cazan aquello que necesitan para comer, no cazan para obtener trofeos. Ahora han sido expulsados de la selva y ven cómo se organizan partidas de caza a las que acuden hasta reyes venidos de Europa que solo desean colgar la cabeza de un elefante en su palacio.

Poko Daniel sabe mucho de plantas y árboles que curan, hasta él llegan gente de la capital con dinero y sin salud, a recibir su sabiduría a cambio de casi nada. Poko Daniel sabe hacer simbós, sabe de las hazañas de Waitó, el primer hombre, de cómo aparecieron en la selva Seco, el chimpancé, el pájaro Duma, la rata, la liebre, el antílope, la tortuga, la pantera. Poko Daniel sabe que, si no escuchas, no puedes sobrevivir en la selva como un hombre y te conviertes en un animal. Poko Daniel sabe que, si no respetas a la selva, eres un animal. A ver si se enteran la multinacional francesa Bolloré y Socapalm.

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