En algunos lugares de África no se le pone nombre a los que nacen hasta que no cumplen un año. Duele menos la pérdida de alguien a quien no se puede nombrar, se extraña menos a quien no fue persona porque no tuvo nombre.

Este niño baka del sur de Camerún tenía 3 años y se llamaba Medjoko Armelle. He sabido cómo se llamaba ahora que ya nadie lo llamará por su nombre. Ha pasado a formar parte de esa comunidad sin nombre propio: los ancestros, los que se han ido antes, los que han regresado al vientre oscuro de la tierra. Tenía tres años y pesaba 6 kilos, era un niño más de los miles que a diario mueren en África de desnutrición. Pero a este niño lo hemos visto latir, la fontanela de su cabecita aún no estaba cerrada, como si quisiera latir con su cabeza, con su pecho, con todo su cuerpo. Este niño nos ha mirado, con el miedo dibujado en su enorme mirada, el miedo de cualquier niño subsahariano cuando ve por primera vez a un blanco. El blanco es el color de los espíritus, de los fantasmas, de los que no han sabido encontrar el camino de los ancestros y merodean entre los vivos, sin alma. El blanco es el color de lo que palidece sin vida, de la muerte. El blanco es el color de los que llegan para arrasar esta tierra, para apropiarse de sus recursos, para deforestar sus selvas, para empobrecer y sembrar el hambre y la enfermedad.

Hoy ha muerto Medjoko Armelle, pero hoy ha subido el precio del aceite de palma. El grupo francés Bollaré, y su empresa Socapalm, obtienen resultados económicos excelentes. Sus cultivos se extienden donde antes crecía la selva ecuatorial, el segundo pulmón de mundo, el lugar de donde fueron expulsados los baka, el lugar en donde tienen prohibido cazar. Ahora, despojados de su forma de vida tradicional, malviven, hambrientos, en precarios asentamientos, al lado de la carretera por donde solo circulan los enormes camiones que se llevan a Europa y China la madera milenaria de esta selva y la dignidad de sus pobladores. El terreno se rotura para plantar palmera aceitera. Los beneficios de las multinacionales francesas y chinas aumentan al mismo ritmo que decrece la esperanza de vida de los niños baka. Pero qué importa la vida de un niño, de cientos de miles de niños, si no tienen nombre, si solo son un número, un número pequeño en comparación con las cifras económicas de Francia, de China. Hoy Francia y China se reúnen en Madrid en la Conferencia del Clima. Las cifras nos alarman, el planeta se calienta y pronto habrá un incremento de 4º C en la temperatura global.

Hoy ha muerto un niño en el sur de Camerún. Se llamaba Medjoko Armelle. Nadie se alarma. Miramos a otro lado. El oso polar está en riesgo de extinción. Es blanco.

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