Cecilia tiene 44 años, un marido y un hijo, Santos. Vende sal, alubias, conservas, cigarrillos, etc., en una improvisada tienda que extiende encima de una mesa delante de su casa. Su marido vende zapatos usados en las calles de Maputo. El primer recuerdo que tiene es escuchar a su padre decirle a su madre: mata a tus dos hijas albinas o nos traerán la mala suerte. Eso fue antes de que se creyera que daban buena suerte. Su hermana no tuvo tanta suerte como Cecilia, y murió. Su hijo a veces recibe las burlas de sus compañeros por tener una madre albina, pero él está orgulloso de su madre y le parece la mujer más bonita del mundo.

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